BREVES PROSAS TONECAS
Guatemala, noviembre de 1995
Por Exvedi
I
En la frágil hermosura de las flores, te descubrí.
Suave, dulce, angélica, encantadora.
Y entonces, el laúd de mi corazón derramó aquel
inolvidable verso: “Las lágrimas de las flores, son el rocío, niña mía, amor
mío”.
Y tú, con tu sonrisa de aurora eterna, me regalaste
el abecedario de tu ternura.
II
Habita en el
perfume de la jubilosa primavera.
Es marimba, chirimía, tun, tzicolaj y tun.
Pero es, antes que todo, un canto dulce, tierno,
afable, cristalino, que arroba al alma.
Esa eres tú, niña de ayer, de hoy y de siempre.
III
Un beso tuyo, niña mía, es un arrullo espiritual, un
trino de milpa milenaria y un acento de marimba cuache, cromática, olorosa a madrugada juguetona.
No en vano he dicho que eres un panorama que alberga
caminos nuevos y verdes.
IV
Mis manos, novia de la pluma que escribe cosas
sencillas, cosas del pueblo, de la tierra, de la sonrisa y de la tristeza, se
perdió entre la inmensidad del bosque de tu cabellera y ella, como siempre,
solo me respondió con su ternura a manos llenas.
V
Sus manos son más suaves y diáfanas que las
nacaradas manos del alba.
Son dos pentagramas tejidos con hilos de noviembre…
Esas son sus manos, a parte de ser dos poemas
excelsos, que ni Neruda pudo escribir.
VI
La encontré bañándose con rocío y música matinal.
Desde la ventana de mi imaginación la oteaba
embebido, ensimismado.
Su belleza es tal, que es indescriptible.
VII
En las auras páginas de sus miradas leí con deleite
profundo los versos más dulces y enigmáticos. ¿No eran, acaso, sus ojos,
manantiales celestiales?
VIII
Mi nombre, mi áspero
y extraño nombre, dormía en el fondo de su alma, por eso de su boca
nacían arroyuelos aldeanos…
Y es que mi nombre es tan sencillo y humilde como lo
es la milpa en el surco y el pájaro en
un ramaje frondoso.
IX
Temblaba cual gota de rocío. Ella me lo dijo, con su
idioma de floresta. Y sonreí tímidamente y me marché con sus recuerdos atorados
en mis pupilas
¡Qué paisajes tan esplendorosos!
¡Qué niña tan diáfana! ¡Qué recuerdo imborrable, indeleble!
X
Definitivamente toneca, esas sonrisas que me diste,
cual dádivas de valor incalculable, provenían de tu alma de floresta.
Y a pesar de que han transcurrido siglos desde que
me marché de tu pueblo, aún llevo en la alforja de mi corazón tus sonrisas. Con
ellas converso, con ellas lloro, con
ellas río, con ellas vivo.
Con ellas muero.
FUENTE: BREVES PROSAS TONECAS
Elder Exvedi
Morales Mérida
Guatemala, 1995