miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA CHARLA

LA  CHARLA
24 de junio de 1997
A mi abuelo Juan Mérida Rodríguez

El manojo de ocote chorreaba goterones de trementina y el penetrante olor me recordaba que me hallaba en San José El Tablón, San Antonio Huista, donde vivían mis abuelos y donde, en  un mes de febrero, nació mi madre. 
La noche,  como serpiente enorme, se tragó el día y los cafetales empezaron a temblar de frío y el cacaraqueo de la gallina culeca había cesado.
Mis abuelos y mis tíos  habían viajado a La Laguna, Jacaltenango, y me habían encomendado el cuidado de la vieja casa de adobes, la cual lucía enormes colas de quetzal.



A esa hora, cuando los grillos ofrecían su monótono concierto, colgué la tristeza en una horqueta, y me sumí en cavilaciones.  Reflexionando estaba cuando, de entre el espeso cafetal apareció un anciano apoyándose en su bastón de caoba.  No sé porqué, pero no sentí ni siquiera un puñito de temor.

-Idiai patojo, ¿qué hacés solito?, me interrogó con una prolongada sonrisa paternal.
-Tristiando,  le respondí con mi voz quebrada.
-Estás  bien güiro para estar  solo. ¿Cuántos años tenés?, inquirió, mientras se sentaba con extraña confianza sobre la hermosa butaca de mi abuelo Juan Mérida Rodríguez.

-Siete, le respondí con serenidad profunda.

Fue entonces cuando los relatos extraordinarios empezaron a brotar de sus labios, y yo escuchaba con deleite. Me contó,  entre otras cosas, que cerca del  horno de cal, ubicado en una ladera, había un tesoro, el cual  consistía en una  olla atiborrada de  oro, que los mayas habían  ocultando en un enorme hoyo, sellado por una piedra laja.
Me habló, además, de la Llorona, de la Siguanaba, del Cadejo, de la música de marimba que se escuchaba en el cerro cercano.

La alegría se dibujaba en nuestros rostros,  y ya para ese momento,  me encontraba sentado a su lado, compartiendo la vieja butaca.
Luego, cambió de tema: “Extraño que Juan salga para el día de su santo”.
-Es que le urgía ir a La Laguna-, aseveré.

En ese instante se puso de pie y por la vereda inició el retorno.  Fue cuando recordé que no le había preguntado su nombre, y gritando, lo hice:
-Y usté, ¿cómo se llama?
-Severo Mérida, tu bisabuelo-, respondió, y misteriosamente desapareció, como la densa neblina.
Me quedé helado cuando descubrí que había charlado con mi  fallecido bisabuelo, a quien, jamás  había  conocido.

FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala, 1997

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