LA CHARLA
24 de junio de 1997
A mi abuelo Juan Mérida Rodríguez
El
manojo de ocote chorreaba goterones de trementina y el penetrante olor me
recordaba que me hallaba en San José El Tablón, San Antonio Huista, donde vivían mis
abuelos y donde, en un mes de febrero,
nació mi madre.
La
noche, como serpiente enorme, se tragó
el día y los cafetales empezaron a temblar de frío y el cacaraqueo de la
gallina culeca había cesado.
Mis
abuelos y mis tíos habían viajado a La Laguna , Jacaltenango, y me
habían encomendado el cuidado de la vieja casa de adobes, la cual lucía enormes
colas de quetzal.
A
esa hora, cuando los grillos ofrecían su monótono concierto, colgué la tristeza
en una horqueta, y me sumí en cavilaciones.
Reflexionando estaba cuando, de entre el espeso cafetal apareció un
anciano apoyándose en su bastón de caoba.
No sé porqué, pero no sentí ni siquiera un puñito de temor.
-Idiai
patojo, ¿qué hacés solito?, me interrogó con una prolongada sonrisa paternal.
-Tristiando, le respondí con mi voz quebrada.
-Estás bien güiro para estar solo. ¿Cuántos años tenés?, inquirió,
mientras se sentaba con extraña confianza sobre la hermosa butaca de mi abuelo
Juan Mérida Rodríguez.
-Siete,
le respondí con serenidad profunda.
Fue
entonces cuando los relatos extraordinarios empezaron a brotar de sus labios, y
yo escuchaba con deleite. Me contó,
entre otras cosas, que cerca del
horno de cal, ubicado en una ladera, había un tesoro, el cual consistía en una olla atiborrada de oro, que los mayas habían ocultando en un enorme hoyo, sellado por una
piedra laja.
Me
habló, además, de la Llorona ,
de la Siguanaba ,
del Cadejo, de la música de marimba que se escuchaba en el cerro cercano.
La
alegría se dibujaba en nuestros rostros,
y ya para ese momento, me
encontraba sentado a su lado, compartiendo la vieja butaca.
Luego,
cambió de tema: “Extraño que Juan salga para el día de su santo”.
-Es
que le urgía ir a La Laguna-,
aseveré.
En
ese instante se puso de pie y por la vereda inició el retorno. Fue cuando recordé que no le había preguntado
su nombre, y gritando, lo hice:
-Y
usté, ¿cómo se llama?
-Severo
Mérida, tu bisabuelo-, respondió, y misteriosamente desapareció, como la densa
neblina.
Me
quedé helado cuando descubrí que había charlado con mi fallecido bisabuelo, a quien, jamás había
conocido.
FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997
No hay comentarios:
Publicar un comentario