miércoles, 9 de noviembre de 2016

BREVES PROSA TONECAS


BREVES PROSAS TONECAS                                                                                    Guatemala, noviembre  de 1995
Por Exvedi
I
En la frágil hermosura de las flores, te descubrí.
Suave, dulce, angélica, encantadora.
Y entonces, el laúd de mi corazón derramó aquel inolvidable verso: “Las lágrimas de las flores, son el rocío, niña mía, amor mío”.
Y tú, con tu sonrisa de aurora eterna, me regalaste el abecedario de tu ternura.

II
Habita  en el perfume de la jubilosa primavera.
Es marimba, chirimía, tun, tzicolaj y tun.
Pero es, antes que todo, un canto dulce, tierno, afable, cristalino, que arroba al alma.
Esa eres tú, niña de ayer, de hoy y de siempre.

III
Un beso tuyo, niña mía, es un arrullo espiritual, un trino de milpa milenaria y un acento de marimba cuache, cromática,   olorosa a madrugada juguetona.
No en vano he dicho que eres un panorama que alberga caminos nuevos y verdes.

IV
Mis manos, novia de la pluma que escribe cosas sencillas, cosas del pueblo, de la tierra, de la sonrisa y de la tristeza, se perdió entre la inmensidad del bosque de tu cabellera y ella, como siempre, solo me respondió con su ternura a manos llenas.
V
Sus manos son más suaves y diáfanas que las nacaradas manos del alba.
Son dos pentagramas tejidos con hilos de noviembre…
Esas son sus manos, a parte de ser dos poemas excelsos, que ni Neruda pudo escribir.
VI
La encontré bañándose con rocío y música matinal.
Desde la ventana de mi imaginación la oteaba embebido, ensimismado.
Su belleza es tal, que es indescriptible. 
VII
En las auras páginas de sus miradas leí con deleite profundo los versos más dulces y enigmáticos. ¿No eran, acaso, sus ojos, manantiales celestiales?
VIII
Mi nombre, mi áspero  y extraño nombre, dormía en el fondo de su alma, por eso de su boca nacían arroyuelos aldeanos…
Y es que mi nombre es tan sencillo y humilde como lo es   la milpa en el surco y el pájaro en un ramaje frondoso.

IX
Temblaba cual gota de rocío. Ella me lo dijo, con su idioma de floresta. Y sonreí tímidamente y me marché con sus recuerdos atorados en mis pupilas
¡Qué paisajes tan esplendorosos!
¡Qué niña tan diáfana!  ¡Qué recuerdo imborrable, indeleble!

X
Definitivamente toneca, esas sonrisas que me diste, cual dádivas de valor incalculable, provenían de tu alma de floresta.
Y a pesar de que han transcurrido siglos desde que me marché de tu pueblo, aún llevo en la alforja de mi corazón tus sonrisas. Con ellas converso,  con ellas lloro, con ellas río, con ellas vivo.
Con ellas muero.


FUENTE: BREVES PROSAS TONECAS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1995

LEYENDA DEL EXTRAÑO ANCIANO

LEYENDA  DEL EXTRAÑO ANCIANO

Era una tarde de noviembre de 1935, y San Antonio Huista era un pueblo pequeño y  sereno.

Cualquier suceso, corría como pólvora…

El viento soplaba. Los niños volaban barriletes, los cuales  jugueteaban con las nubes que ornaban el límpido cielo.

-¡Mirá ese extraño viejito-, gritó Manuel, que había soltado su multicolor barrilete.

Y todos vieron al anciano que, bordón en mano, caminaba, llevando a cuestas el peso de siglos.

-Nunca lo he visto aquí-, argumentó Juan Mérida Rodríguez, quien, muchos años después, contraería nupcias con Ana Olimpia Taracena Rojas.

Y Severo, hermano de Juan, aseguró que a veces “Dios se convierte en anciano pobre para visitar a la gente, y poner a prueba su amor al prójimo”.

El aludido personaje detuvo su marcha frente a la casa de doña Tonita, y tocó a la puerta.

Ella abrió, y los niños que habían soltado sus barriletes, seguían con la mirada, la escena, no muy común en el pueblo.

-Señora-, dijo el anciano, vengo de muy lejos y tengo sed y hambre. ¿Puede darme algo, para apagar mi sed y mitigar mi hambre?


Y doña Tonita, que era poseída por algo inexplicable, por un júbilo indescriptible, le respondió:

-Abuelo, pase adelante, con todo mi corazón le daré de comer y de beber.

El abuelo entró. Se sentó, mientras doña Tonita fue a la cocina a traerle un plato con frijoles y una taza de café.

-Vamos a ver-, dijo Luis, uno de los chicos.

Y fueron.

Cuando entraron, no había nadie.

Doña Tonita, que regresaba de la cocina, al percatarse de la presencia de los niños y de la ausencia del anciano, interrogó a los chiquillos:

-¿Qué se hizo el viejito?

-Desapareció, respondieron, extrañados.


Y doña Tonita y los niños supieron que Dios, convertido en un anciano, les había visitado.



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


EL NIÑO DEL PARQUE

EL  NIÑO DEL PARQUE


El 25 de septiembre de  1965, se dio un suceso en el parque, que perduraría para siempre en la memoria colectiva…

Eran las once de la noche.

Siete jóvenes, acuclillados, a poca distancia de la fuente, platicaban amenamente.

A las once y cincuenta, los perros ladraron lúgubremente.

-Púchicas muchá, qué raro…dijo Pancho.

-Si vos, nunca había escuchado llorar a una chuchada como ahora-, respondió Lencho.


Y Clodomiro, el más religioso de todos, aseguró: “Cuando los chuchos ladran, es porque ven cosas que nosotros no podemos ver.  Ellos anuncian cosas tremendas muchá.

-Ta…objetaron los demás.

En ese preciso momento, vieron espantados cuando una mujer, vestida de blanco, cabello largo y rostro sumamente pálido, se acercó a la fuente y agitó violentamente el agua, buscando, en vano,  a alguien. Posteriormente, la mujer salió corriendo hacia el cementerio, lanzando gritos espeluznantes. Y entonces,  escucharon más aterrados aún, cuando un niño lloró de una forma tal, que hasta las piedras se conmovieron.


¡Es la Llorona que busca a su hijo que ahogó! Gritaron todos, y corrieron, a como pudieron,  hacia sus casas.




FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997





LA ESPERA DE SIGLOS

LA ESPERA DE SIGLOS

El temor se apoderó de todos cuando sangrante y maltrecho salió de la cantina “La Cusha Bendita”.
-Lo resmuelen a uno esos cabrones-, vociferó.

Una lágrima evidenció su dolor y rabia.

Cuando empezó a largarse y recordó por décima vez a su desaparecida María Huista, los borrachos consuetudinarios le gritaron desde la cantina:
-¡Dundo, pendejo! La seguís buscando, como si no lo supieras…

Así transcurrió su vida.
Las arrugas poblaron sus cabellos y la esperó por siglos.





FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala, 1997

SU RECUERDO

SU RECUERDO

Me escoltaba piadosamente.
Me seguía de cerca y donde me encontraba, se echaba silenciosamente a mis pies.
Tenía un techo donde guarecerse del frío.  Parecía alma en pena, acento de guitarra extraviada en el silencio.



(Y es que no sabía de envidia ni de rencores).

Está tan diáfana en mi memoria porque siempre vivimos con el alma desnuda.
No en vano esa energía misteriosa mantiene encendida la llama de su historia.
(Y es que cuando la evoco en vida, no puedo evitar que las lágrimas salten de mis ojos).

San Antonio Huista cambió, y el recuerdo de ella, como perro fiel, va conmigo a doquiera voy.




FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997



LA VEREDA


LA VEREDA

Era una noche de noviembre.        
El silencio invadió su rancho. Las lágrimas nublaron sus ojos. 
Cuando volvió a pasar la mirada sobre la vereda, su alma se llenó de más amargura. Imploró entre lágrimas volviera y la vereda continuaba silente y triste.
Desde que descubrió su ausencia, en su alma no había sosiego.  
Durante muchos años la esperó y primero desapareció la vereda y de ella, nunca supo más.







EL LOCO

EL LOCO

El croar de las ranas lo asustó, y lleno de zozobra, continuó la búsqueda. El loro parlanchín, en la jaula de varitas de milpa, estaba silencioso y seguía cada uno de sus movimientos. De vez en vez se miraba al espejo y murmuraba: “Cara más desgraciada”. 
Buscó entre los arriates de rosales y nada. 
Tomó un descanso. Estaba agotado de buscar por horas.
Aspiró cuatro bocanadas de aire fresco y una honda tristeza lo  invadió cuando recordó que no recordaba lo que buscaba.
Y el loro le gritó por décima vez: “¡Loco, loco!”



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


ERA INVIERNO

ERA INVIERNO

Era invierno, un triste y frío invierno.
La soledad, como neblina, se esparcía por todas partes.  No le importó el dolor de las canillas causado por los vigorosos matorrales.
Cuánto hubiese querido que sus lágrimas de alegría fueran.  Para disipar un poco  su honda pena, pensó en recordar los momentos felices que habían vivido. 
Recordó, por ejemplo, cuando fueron de pesca y regresaron con una sarta de juilines y el sol bajaba en la montaña y empezaba a derramar su baba de oro. Evocó la primera vez cuando se emborracharon con chicha. El río que cada vez más rugía lo sacó del transe. Se sentó a la orilla de la vereda que lo conducía al pueblo. Con su tanate a la espalda, sujeto a la frente por un mecapal de maguey.
Se miró al espejo de una poza clara, y en silencio se lamentó: “Es la primera y última vez que voy a visitarlo. Mañana lo despediré en el cementerio”.



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala, 1997

EL RETORNO

EL RETORNO

Su alma, empapada de soledad se alegró cuando sus ojos bebieron aquellos bosques frescos y aromáticos.
Los bejucos que se trenzaban en las vigorosas ramas de los árboles, parecían culebras entumecidas.  De entre los tupidos guatales, las chorchas rompieron el silencio.        
Hacía mucho tiempo se había marchado del pueblo, y al fin retornaba.

-La tierra húmeda de los surcos me llaman-, pensó.  

Su cerebro,  ebrio de recuerdos, parecía una jaula llena de pájaros bullangueros.

-Mis papás van a llorar de alegría cuando me vean.

Las veredas habían desaparecido. Ahora la ancha carretera le daba la bienvenida.
La montaña verde y titánica parecía desparramarse.   El verde en todos los matices lo extasiaban. El río rugía, ladraba.
Un chucho flaco salió a su encuentro. De pronto, se halló frente al rancho que amenazaba con venirse a pique. Entró en él y solamente halló soledad y recuerdos punzantes.



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


MUTISMO

MUTISMO

Muy de mañana vino por su desayuno.   Cuando venía por la puerta de trancas, lo divisé. Traía una carga de chiriviscos. Las gallinas escarbaban  los sembrados en el patio. 
Supuse  que me  daría una chicoteada por no acompañarlo. Lo esperé sentado junto a la  piedra de afilar machetes amellados. Llegó casi  enmudecido
-Buenos  días papa.
-Buenos días.

  Había silencio, mucho silencio. El ambiente solamente era interrumpido por el zumbar de las moscas que estaban en derredor de una plasta de estiércol. Momentos después,  llegó chiflando mi tío Severo, hermano de mi abuelo Juan.  Con los brazos cruzados sobre el pecho y baja la cabeza, le saludé.  “Chanto mijo”, me bendijo él.  
Luego me interrogó: ¿Dónde está Juan? 
Con el índice le respondí.  Entró en la cocina.
Al rato salió. Ya no chiflaba.
-Tu abuelo está enfermo de melancolía,  me dijo, y se marchó.
 Entonces entendí el porqué de su mutismo.



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


ELPOETA TONECO

EL POETA TONECO

De ella guardaba imperecedero recuerdo. Alta, de cabellos castaños, delgada, de ojos verdes y noble semblante.
Su amor por ella era intenso. Fue su numen para escribir los más bellos y desgarradores poemas.
¿Cómo iba a olvidar a aquella joven  hermosa, tímida, suave y amable, si por ella se volvió poeta?
 Ese día  que la vio por última vez, caía el sol y las calles empedradas se lo bebían, y los árboles parecían gigantes vegetarianos.

-¿Cómo te va?

Sus labios no profirieron ni el más leve acento. Su triste mirada se lo dijo todo. Y se despidieron con un apretón de manos.

-Que Dios te bendiga,  fue lo último que le dijo.

 Definitivamente, nunca cicatrizó la herida.            
Aquel suceso  lo conmocionó profundamente, y fue a cortarse la vida.


Transcurrió el tiempo y ya jamás se supo más de él. 




FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


LA ESPERA

LA ESPERA

El pan sobre  la mesa ya no estaba.  El se había  marchado involuntariamente. ¡Cómo hacía   falta en casa!  Los niños lloraban su ausencia.  Un vacío  desataba nostalgia y tristeza.   Su esposa en vano lo esperaba de tarde en tarde.  Los años  transcurrieron.  Los niños se hicieron  hombres.  En el rostro de la madre se asomaron retraídamente las arrugas, pero  seguía  esperando su retorno.    Se esforzaba en olvidar que una tarde de mayo de 1980, ráfagas de ametralladoras irrumpieron la tranquilidad pueblerina y que descansaba  ya en el cementerio.


FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala, 1997

EL CAMPESINO


EL CAMPESINO

Los cerdos se arrebataban las mazorcas  en el lodazal. Los aguacates yacían esparcidos en el húmedo suelo. El verde y aromático milperío se mecía alegremente.  El viento abría exageradamente la boca y soplaba y soplaba.  Brotaba la hierba.  Nacían los arroyuelos.   Pero una llama se apagaba, y era la vida de aquel  campesino que un día hallé en medio de su dorado maizal, dando gracias  a Dios, aquella tarde de noviembre. 
El año pasado todavía tuvo comunión con la naturaleza.  Ahora ya no. Ahora, ese campesino toneco estaba  entre la vida  y la muerte, gracias  al maldito vicio del licor. 
Ya las  campanas  de la iglesia anuncian su marcha a la eternidad: tan, tan, tan, taaaaaaaaaaaan.



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


LA VENDEDORA

 

LA VENDEDORA


En el parque  bullicioso de pájaros la conocí, vendiendo tomates. Era domingo, día de plaza. 
De larga cabellera azabache, boca expresiva, labios seductores, miradas inocentes, senos  erguidos, morena, morena como la marimba toneca.    Briznas de poesía invadían  su seráfico rostro.  Desde la vez primera que la descubrí, el alba  de la esperanza  se encendió en mi alma.  A partir de ese instante volví  otra vez a beber   alboradas.  Sus atributos me tenían embobado.
Ofrecía su mercancía y yo la observaba profundamente extasiado.

-Mano-, me dijo un primo de El Tablón,  que recién había llegado-, ella ya tiene marido.  

     Al oír esa amarga verdad, lacerante, hiriente, fruncí el entrecejo del corazón y todos  mis sueños se desmoronaron  de nuevo.


-Tiene apenas quince años-, concluyó.


FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997



LA TONECA


LA TONECA


Con el dedo índice frente a mi boca, me aconsejó guardar silencio.

De cuando  en cuando cerraba la boca, sellaba con silencio sus hermosos   labios.  Permanecí callado. Llorando. Suspirando. Sufriendo.
-Tengo que irme-, argumentó.
Y agregó: Te quiero, pero vos sos un muerto de hambre, un exagerado soñador.

La toneca afable, serena y preciosa, se marchó.    Me quedé con mi hondo dolor, con sus  recuerdos colgados en mi memoria, con su ausencia que puebla  mi ser.        Al rayar el alba, divisé  mi ocaso. Apresuré entonces mis pasos.  
Desde ese día, mis pies descalzos hollaron las callejuelas de mi pueblo enclavado en Los Cuchumatanes, buscándola desesperadamente,  y esperando el final de mis días.


FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


MI ABUELO

                                                                     MI ABUELO

                                                     A mi abuelo Juan Mérida  Rodríguez

24 junio de  1997.



En sus arrugas  estaba esculpida la historia de mi pueblo. En sus cabellos, la nieve se había alojado.  Sus pasos eran lentos, lentos como la agonía  de los siglos.

Conmovedores relatos brotaban de sus labios.

El sonoro canto  de las aves inundaba a San José El Tablón, retazo poético de San Antonio Huista, donde esperó la consumación de su existencia.

 En su infinita soledad conversaba con Dios y pronunciaba   unas palabras  ininteligibles.
Yo lo observaba detrás de un mangal. 

Me deleitaba con su  compañía.  Un día me marché.  Me volví errante. Recorrí  el mundo pregonando mi arte.
En la lejanía, charlaba  con mis recuerdos para sentirlo cerca, muy cerca.  Se han desgranado los años de la mazorca de la vida, y he retornado. He vuelto. He renacido. He regresado a casa.
Todo ha cambiado, menos mi abuelo. Los ranchitos se han convertido en ceniza. Los caminos estrechos han engordado. Los niños ahora   son grandes. Mi abuelo sigue ahí, como una titánica montaña, como un árbol  sonoro de hormigo, como un nahual, como una fuente de sabiduría y de amor.

 



FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997



LA EXTRAÑA TONECA


LA EXTRAÑA TONECA


Me despertó el trinar de pájaros.  Ráfagas de dulces sonidos irrumpieron mi sueño. Esa tarde de noviembre, me hallaba tomando una placentera siesta en el parque de mi poético San Antonio Huista.
Alcé mi mirada y la vi. Su sonrisa inocente se clavó en mi memoria y permaneció esculpida e indeleble por los siglos de los siglos. Se sonrojó.  Luego, su semblante cambió. Dos diáfanas lágrimas brotaron de sus ojos, como el rocío al amanecer. Suspiró. Levantó sus ojos al cielo y musitó suavemente unas palabras. Un mutismo reinó.  Un profundo silencio se enseñoreó de ese momento.  Al fin se irguió y me escrutó con la inocente, pero perspicaz mirada.

-Hola-, me dijo tiernamente, acercándose a mí.

Yo temblé de pies a cabeza y con torpeza respondí: Hola.


-¿Puedo sentarme junto a usted?
-Por supuesto-, repliqué emocionado.

Algo extraño sucedía. 
Parecía como si fuéramos viejos amantes.  Estábamos atados espiritualmente. 
En un cerrar y abrir de ojos, los siglos se esfumaron.

Con frecuencia nos besábamos, y yo hundía mis manos en  su larga y ondulada cabellera.  Susurraba a sus oídos mis versos primeros de amor.  Sentía que desde hacía siglos nos amábamos.
Sonrisas, suspiros, palabras y lágrimas, nacieron, como primaveras.

-Vivo cerca del cementerio-, me dijo, esbozando una candorosa sonrisa.

Aquella eternamente joven y hermosa mujer, se puso de pie y se marchó, rumbo a su domicilio.  La vi largamente sin pronunciar una sola palabra.

El viento soplaba enredándose entre las ramas de los árboles y entre las telarañas del tiempo.
Flotaba en el viento  su preciosa cabellera.
No sé qué pasó.  Dos cuadras había  recorrido cuando, como neblina,  se desvaneció.
Mi alma tiritó de frío y quise gritar, pero estaba embrujado. 

Los días pasaron. Me afané buscándola y no la hallé.  Hoy por la mañana,  una ancianita que vive cerca del cementerio, al verme llegar, me dijo: “Ya sé a qué vino usté. Busca a la muchacha que se aparece en el parque”.
-Sí, así es-, le respondí  jubiloso.
-No sea bruto- agregó ella-, la muchacha se ha burlado de muchos más.
-¿Cómo así?-, le pregunté un poco irritado e intrigado.
-Sí- concluyó-, murió ahogada hace dos años,  y sale   a asustar   a los patojos   sonsos como  usté.




FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


EL BOLO

EL BOLO


-Está  tieso.
-Comé cera.
-En verdá.
-Bien a pichinga estará.


El amanecer se cayó de la cama,  se levantó y entró por la ventana ennegrecida.

  Los cascos de las bestias que llevaban leña, maíz  y frijol, chocaban  contra las piedras, las cuales se quejaban insistentemente.

-Dicen que se lo tronaron a las cinco.
-No, fue a las cuatro.
-Están equivocados, fue a las seis.
-Yo creo que a las tres, porque parece guineo morado.

El cuerpo paliducho e inerte del sujeto apodado El Bolo, había atraído a mucha más  gente que un político que anhela llegar a la silla edilicia.

-Pobrecito, era bueno.
-Bueno será la guayaba.
-¿Te acordás?
-¿De qué cosa?
-Que llegaba a la casa a pedir una su tortilla.
-La gente habla bien calidá de los demás cuando ya han petateado.
-Tenés razón.
-Como esa vez.
-¿Cuál?
-Cuando a chuculazos lo sacaste de tu cuarto.

El elogiador cerró la boca.  Ni el aliento se le sintió.
 En ese momento, una anciana empezó a rezar, y otra encendía una veladora frente al objeto de curiosidad…
En ese preciso  instante en que unos rezaban, y otros vertían sus lágrimas, El Bolo despertó, y lo primero que dijo, fue: “Quiero un mi guarito pa quitarme la rechingada goma”.


FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997



LA CHARLA

LA  CHARLA
24 de junio de 1997
A mi abuelo Juan Mérida Rodríguez

El manojo de ocote chorreaba goterones de trementina y el penetrante olor me recordaba que me hallaba en San José El Tablón, San Antonio Huista, donde vivían mis abuelos y donde, en  un mes de febrero, nació mi madre. 
La noche,  como serpiente enorme, se tragó el día y los cafetales empezaron a temblar de frío y el cacaraqueo de la gallina culeca había cesado.
Mis abuelos y mis tíos  habían viajado a La Laguna, Jacaltenango, y me habían encomendado el cuidado de la vieja casa de adobes, la cual lucía enormes colas de quetzal.



A esa hora, cuando los grillos ofrecían su monótono concierto, colgué la tristeza en una horqueta, y me sumí en cavilaciones.  Reflexionando estaba cuando, de entre el espeso cafetal apareció un anciano apoyándose en su bastón de caoba.  No sé porqué, pero no sentí ni siquiera un puñito de temor.

-Idiai patojo, ¿qué hacés solito?, me interrogó con una prolongada sonrisa paternal.
-Tristiando,  le respondí con mi voz quebrada.
-Estás  bien güiro para estar  solo. ¿Cuántos años tenés?, inquirió, mientras se sentaba con extraña confianza sobre la hermosa butaca de mi abuelo Juan Mérida Rodríguez.

-Siete, le respondí con serenidad profunda.

Fue entonces cuando los relatos extraordinarios empezaron a brotar de sus labios, y yo escuchaba con deleite. Me contó,  entre otras cosas, que cerca del  horno de cal, ubicado en una ladera, había un tesoro, el cual  consistía en una  olla atiborrada de  oro, que los mayas habían  ocultando en un enorme hoyo, sellado por una piedra laja.
Me habló, además, de la Llorona, de la Siguanaba, del Cadejo, de la música de marimba que se escuchaba en el cerro cercano.

La alegría se dibujaba en nuestros rostros,  y ya para ese momento,  me encontraba sentado a su lado, compartiendo la vieja butaca.
Luego, cambió de tema: “Extraño que Juan salga para el día de su santo”.
-Es que le urgía ir a La Laguna-, aseveré.

En ese instante se puso de pie y por la vereda inició el retorno.  Fue cuando recordé que no le había preguntado su nombre, y gritando, lo hice:
-Y usté, ¿cómo se llama?
-Severo Mérida, tu bisabuelo-, respondió, y misteriosamente desapareció, como la densa neblina.
Me quedé helado cuando descubrí que había charlado con mi  fallecido bisabuelo, a quien, jamás  había  conocido.

FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala, 1997