LA TONECA
Con el dedo índice frente a mi boca, me aconsejó
guardar silencio.
De cuando en
cuando cerraba la boca, sellaba con silencio sus hermosos labios.
Permanecí callado. Llorando. Suspirando. Sufriendo.
-Tengo
que irme-, argumentó.
Y
agregó: Te quiero, pero vos sos un muerto de hambre, un exagerado soñador.
La
toneca afable, serena y preciosa, se marchó.
Me quedé con mi hondo dolor, con sus
recuerdos colgados en mi memoria, con su ausencia que puebla mi ser. Al rayar el alba, divisé mi ocaso. Apresuré entonces mis pasos.
Desde
ese día, mis pies descalzos hollaron las callejuelas de mi pueblo enclavado en
Los Cuchumatanes, buscándola desesperadamente,
y esperando el final de mis días.
FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997
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