LA EXTRAÑA TONECA
Me despertó el trinar de pájaros. Ráfagas de dulces sonidos irrumpieron mi
sueño. Esa tarde de noviembre, me hallaba tomando una placentera siesta en el
parque de mi poético San Antonio Huista.
Alcé mi mirada y la vi. Su sonrisa inocente se clavó
en mi memoria y permaneció esculpida e indeleble por los siglos de los siglos.
Se sonrojó. Luego, su semblante cambió.
Dos diáfanas lágrimas brotaron de sus ojos, como el rocío al amanecer. Suspiró.
Levantó sus ojos al cielo y musitó suavemente unas palabras. Un mutismo
reinó. Un profundo silencio se enseñoreó
de ese momento. Al fin se irguió y me
escrutó con la inocente, pero perspicaz mirada.
-Hola-,
me dijo tiernamente, acercándose a mí.
Yo
temblé de pies a cabeza y con torpeza respondí: Hola.
-¿Puedo
sentarme junto a usted?
-Por
supuesto-, repliqué emocionado.
Algo
extraño sucedía.
Parecía
como si fuéramos viejos amantes.
Estábamos atados espiritualmente.
En un
cerrar y abrir de ojos, los siglos se esfumaron.
Con
frecuencia nos besábamos, y yo hundía mis manos en su larga y ondulada cabellera. Susurraba a sus oídos mis versos primeros de
amor. Sentía que desde hacía siglos nos
amábamos.
Sonrisas,
suspiros, palabras y lágrimas, nacieron, como primaveras.
-Vivo
cerca del cementerio-, me dijo, esbozando una candorosa sonrisa.
Aquella
eternamente joven y hermosa mujer, se puso de pie y se marchó, rumbo a su
domicilio. La vi largamente sin
pronunciar una sola palabra.
El
viento soplaba enredándose entre las ramas de los árboles y entre las telarañas
del tiempo.
Flotaba
en el viento su preciosa cabellera.
No sé
qué pasó. Dos cuadras había recorrido cuando, como neblina, se desvaneció.
Mi alma
tiritó de frío y quise gritar, pero estaba embrujado.
Los
días pasaron. Me afané buscándola y no la hallé. Hoy por la mañana, una ancianita que vive cerca del cementerio,
al verme llegar, me dijo: “Ya sé a qué vino usté. Busca a la muchacha que se
aparece en el parque”.
-Sí,
así es-, le respondí jubiloso.
-No sea
bruto- agregó ella-, la muchacha se ha burlado de muchos más.
-¿Cómo
así?-, le pregunté un poco irritado e intrigado.
-Sí-
concluyó-, murió ahogada hace dos años,
y sale a asustar a los patojos sonsos como
usté.
FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997
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