miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA EXTRAÑA TONECA


LA EXTRAÑA TONECA


Me despertó el trinar de pájaros.  Ráfagas de dulces sonidos irrumpieron mi sueño. Esa tarde de noviembre, me hallaba tomando una placentera siesta en el parque de mi poético San Antonio Huista.
Alcé mi mirada y la vi. Su sonrisa inocente se clavó en mi memoria y permaneció esculpida e indeleble por los siglos de los siglos. Se sonrojó.  Luego, su semblante cambió. Dos diáfanas lágrimas brotaron de sus ojos, como el rocío al amanecer. Suspiró. Levantó sus ojos al cielo y musitó suavemente unas palabras. Un mutismo reinó.  Un profundo silencio se enseñoreó de ese momento.  Al fin se irguió y me escrutó con la inocente, pero perspicaz mirada.

-Hola-, me dijo tiernamente, acercándose a mí.

Yo temblé de pies a cabeza y con torpeza respondí: Hola.


-¿Puedo sentarme junto a usted?
-Por supuesto-, repliqué emocionado.

Algo extraño sucedía. 
Parecía como si fuéramos viejos amantes.  Estábamos atados espiritualmente. 
En un cerrar y abrir de ojos, los siglos se esfumaron.

Con frecuencia nos besábamos, y yo hundía mis manos en  su larga y ondulada cabellera.  Susurraba a sus oídos mis versos primeros de amor.  Sentía que desde hacía siglos nos amábamos.
Sonrisas, suspiros, palabras y lágrimas, nacieron, como primaveras.

-Vivo cerca del cementerio-, me dijo, esbozando una candorosa sonrisa.

Aquella eternamente joven y hermosa mujer, se puso de pie y se marchó, rumbo a su domicilio.  La vi largamente sin pronunciar una sola palabra.

El viento soplaba enredándose entre las ramas de los árboles y entre las telarañas del tiempo.
Flotaba en el viento  su preciosa cabellera.
No sé qué pasó.  Dos cuadras había  recorrido cuando, como neblina,  se desvaneció.
Mi alma tiritó de frío y quise gritar, pero estaba embrujado. 

Los días pasaron. Me afané buscándola y no la hallé.  Hoy por la mañana,  una ancianita que vive cerca del cementerio, al verme llegar, me dijo: “Ya sé a qué vino usté. Busca a la muchacha que se aparece en el parque”.
-Sí, así es-, le respondí  jubiloso.
-No sea bruto- agregó ella-, la muchacha se ha burlado de muchos más.
-¿Cómo así?-, le pregunté un poco irritado e intrigado.
-Sí- concluyó-, murió ahogada hace dos años,  y sale   a asustar   a los patojos   sonsos como  usté.




FUENTE: RELATOS TONECOS
Elder Exvedi Morales Mérida
Guatemala, 1997


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